4). ¿CUARTA REORDENACION?
Hemos visto cómo las reordenaciones
precedentes respondían a las nuevas necesidades del capital
en sus fases históricas. No debemos entender "necesidad"
como determinismo economicista absoluto, totalmente libre de connotaciones
e influencias sociales, culturales, nacionales, es decir, políticas
en sentido global. Las reordenaciones anteriores respondían
a esa "necesidad política" del capital consistente
en desbloquear los obstáculos globales que frenaban nuevas
expansiones. Las guerras fueron la llave y la cerradura de los
cambios y las prolongadas consecuencias se mantuvieron en gran
medida debido al establecimiento de organizaciones y/o alianzas
interestatales que supervisaban los acuerdos y velaban por el
orden establecido. Quiere eso decir que siempre ha existo en Europa
una pulsión contradictoria hacia un supra-Estado.
En cada fase dicha pulsión se concretaba en el sistema
interestatal adecuado a las necesidades contradictorias y dispares
de las partes del conjunto, siendo casi siempre uno de ellos el
Estado regulador y dirigente. La entrada en crisis del sistema
interestatal, simultánea grosso modo a la agudización
de la crisis global que exigía otra reordenación
espacial, no podía ser resuelta al margen de otras soluciones
interrelacionadas: por eso cada reordenación conllevaba
nuevos sistemas interestatales.
Pero en la situación actual del capitalismo la cuarta fase
debe resolver la agudización de una contradicción
clásica que ha llegado a ser un verdadero bloqueo: la incapacitación
acelerada de la forma-Estado clásica, del Estado-nación
burgués integrado en las organizaciones interestatales
mundiales y/o regionales. Incapacidad para controlar e incidir
en beneficio de su burguesía estato-nacional dentro de
la economía mundializada. Y es que la fijación de
los precios y la realización de la mercancía en
beneficio dependen ya casi plenamente de la economía mundial,
antes que de la continental y sobre todo estatal. Aun más,
la integración transnacional en los costosos proyectos
de investigación tecno-productiva programada supera a
las capacidades estatales del mismo modo que las fusiones continentales
del complejo industrial-militar están bordeando ya, cuando
no lo han hecho definitivamente, esos límites continentales.
La progresiva integración lograda hasta la actualidad ha llegado pues a su momento decisivo: intentar resolver la contradicción cada vez más insufrible entre la mundialización económica y las limitaciones de la forma-Estado siempre desde los intereses geopolíticos de las burguesías eurooccidentales. Han avanzado mucho, justo hasta tener la solución al alcance de la mano, pero ello mismo les plantea una cuestión clave: ¿y si por lo que fuera fracasa el proyecto en este momento crucial?, dicho de otro modo, ¿qué precio tienen que pagar las burguesías para desunir todo lo que han unido y desandar todo lo andado?.
Esta pregunta ha sido obsesiva a lo largo de las tres tensas semanas
de septiembre en las que la "tormenta financiera" ha
demostrado las fragilidades económicas y políticas
de la CEE. Dicha "tormenta", que es la espuma superficial
de las contradicciones de fondo del capitalismo actual, ha demostrado
la inseguridad causada por la gran cantidad de capitales flotantes
que navegan a la deriva por un océano de deudas. También
ha demostrado la interrelación de las economías,
de sus angustias y temores mutuos.
Su respuesta es sólo una: el precio sería la agudización
exponencial de la actual crisis al retroceder cada Estado a etapas
aislacionistas y proteccionistas pertenecientes a una fase ya
caducada del capitalismo, en concreto la que en 1945/6O permitió
la recapitalización de los Estados impulsando a los más
poderosos a firmar el Tratado de Roma en 1959, habiendo firmado
años antes la Unión Europea del Carbón y
del Acero, y teniendo que firmar poco después la creación
del Mercado Común Europeo.
Peor, el precio sería el caos, el desastre: es imposible hacer retroceder toda la intrincada e interrelacionada estructura burocrático-administrativa, jurídico-legal y prospectivo-planificadora a épocas de hace 3O años. El mismo tejido productivo y la conformación espacio-temporal de la valoración capitalista estallarían al poco tiempo o forzarían a las burguesías a imponer 'manu militari' y sin consideración alguna para con su propia legitimidad oficial-democrática la reordenación necesaria.
El miedo pánico a los referéndums y a los rechazos
populares viene de aquí. Las angustias y sudores fríos
que quitan el sueño a las fracciones más unionistas
al ver la obstinación de las viejas fracciones del capitalismo
agrario -la "Europa verde"- y de las ramas productivas
que pasan a segunda fila cuando no son liquidadas como siderometalurgia,
minería, petroquímica, etc, vienen también
de ahí. Ese cierto nerviosismo contenido aún por
las muestras de viejo nacionalismo chauvinista en posible alianza
con las extremas derechas, que representaría a esas fracciones
en declive más a parte de los temores populares, es curado
mediante la intensa campaña pro-Maastricht.
Tengamos en cuenta que si bien toda reordenación capitalista
beneficia a la burguesía en su conjunto, primero lo hace
a favor de sus fracciones más modernas, más avanzadas
en productividad e interesadas por ello mismo en desbloquear los
obstáculos a su expansión. Las fracciones más
débiles, que controlan las ramas productivas poco rentables
y ya obsoletas por lo general se resisten o presionan fuertemente
para que "su" Estado les siga prestando la ayuda necesaria.
Toda reorganización capitalista conlleva una lucha no contradictoria
entre esas fracciones que no tiene porqué concluir en la
victoria de la más avanzada y lúcida: existen concluyentes
ejemplos de cómo la incapacidad de esas fracciones avanzadas
para convencer a las retrasadas pero más poderosas por
diversas razones, termina en derrota conduciendo a la formación
social correspondiente al retroceso y estancamiento. Ahora bien,
gane que gane siempre pierde el pueblo trabajador.
Visto lo visto debemos analizar cinco problemas serios que se
presentan en esta cuarta reordenación teniendo en cuenta
que las medidas de solución de las cuatro crisis vistas
deben ser complementarias: una, la obtención de un consenso
suficiente tras los resultados de los referéndums y los
datos de las encuestas y sondeos de opinión; dos, la imposición
de una jerarquía interna que estabilice el proceso; tres,
la evolución hacia un proto-Estado europeo y sus fronteras
euroorientales y sureuropeas; cuatro, las problemáticas
nacionales y cinco, el sistema represor, defensivo interno y externo.
Queda todo el bloque de problemáticas económicas
que en lo substancial han sido expuestas brevemente y que no vamos
a desarrollar por entender que ya han sido tratadas en otros textos
de este volumen. Además pensamos que una de las lecciones
de la crisis monetaria ha sido la de demostrar la estrecha conexión
político-económica tanto del capitalismo actual
como del proyecto-Maastricht.
Pocas veces la historia continental ha sido testigo de una campaña
propagandística tan intensa y reforzada al son de los últimos
acontecimientos. Sabemos que las Cruzadas fueron precedidas y
sostenidas por una impresionante propaganda mentirosa sobre inexistentes
atrocidades musulmanas contra peregrinos. Las Cruzadas contra
eslavos bálticos, cátaros y husitas también
se apoyaron en intensas propagandas. El peligro turco sobre Viena
no suscitó empero una campaña similar y tendría
que llagar la Guerra Fría para asistir a otra pero con
medios infinitamente superiores. Ahora, y sobre todo tras el batacazo
danés, la advertencia irlandesa y los temores franceses,
la campaña llega al paroxismo. El justo y pelado Si francés
y el enorme revuelo por la crisis monetaria, así como las
resistencias obreras y populares que crecen en varios Estados
contra los recortes y la austeridad, han llevado ese paroxismo
a cotas increíbles.
La propaganda pro-Maastricht activa y/o refuerza las más
bajas pasiones eurocéntricas mantenidas desde la Plena
Edad Media. Todos los fantasmas irracionales hacia el "peligro
exterior", hacia el "Sur" y las "hordas asiáticas"
son revividas por una prensa sibilina o soez, sensacionalista
o analítica que no duda en manipular las guerras balcánicas,
el caos de la ex-URSS, el hambre africano, los fundamentalismos
islámicos, la crisis ecológica y la sobrepoblación
extraeuropea para convencernos no sólo de las ventajas
de Maastricht sino de su necesidad como solución de sobrevivencia
de la "civilización occidental".
Junto al egoísmo de las supuestas ganancias económicas
se cita la "misión histórica" de preservar
desde el "milagro griego" hasta el Gernika de Picasso.
El racismo, xenofobia y chauvinismo interno a la campaña
y sentimientos que suscita o refuerza, que siempre van unidos
a autoritarismos y represiones, refuerzan a su vez las tendencias
a la unificación militar defensiva hacia el interior y
exterior; defensa que exige y conlleva la consolidación
paralela de un proto-Estado y una maquinaria que analizaremos
en su momento.
Pero junto a la campaña propagandística se mantiene una sorda y tenaz negociación interna encaminada a atraer al proyecto a las fracciones del capital que a la fuerza tienen que perder algo de sus posiciones. Se extrae al conocimiento público además de las marrullerias y chantajes, los costos y efectos globales que siempre pagan los trabajadores pues lo que se juega no es otra cosa que el cierre o transformación de áreas de desarrollo enteras, con consecuencias nefastas para pueblos en su futuro al menos hasta que no se inicie una nueva forma y fase de acumulación y valorización capitalista, eso con un poco de suerte de que les beneficie en algo, posibilidad remota debido a que, como se sabe, la desconexión transitoria del eje y ritmo de desarrollo es acumulativa, multiplicadora.
Con la búsqueda del consenso llegamos al problema de la
jerarquía interna que estabilice el proceso. Dependen mutuamente
ya que si bien el eje Berlín-París puede imponer
a medio plazo su dominio, le interesa disponer del consenso por
las razones aludidas. Ahora bien, todos los Estados saben que
deben ceder en relación inversamente proporcional a su
peso económico. Es una mentira propagandística la
afirmación de que los Estados débiles sacarán
más beneficio que los fuertes: todo lo contrario.
Un ejemplo concluyente lo tenemos en cómo Alemania está
utilizando impunemente su posición de poder para absorber
un flujo de fondos considerable con el que sufragar parte de la
costosa por cuanto errónea y precipitada absorción
de la RDA. La llamada "tormenta monetaria" de septiembre
también ha beneficiado a Alemania. El ejemplo, confirmado
por otros muchos, no es sino una dato más de la experiencia
objetiva de las tres reordenaciones anteriores en las que, siempre
dentro de sus contextos, se impuso la hegemonía de uno
o dos Estados sobre el resto. Ahora sucede exactamente lo mismo
pero en el contexto actual.
La obtención de una disciplina es vital no sólo
para controlar previsibles nuevas crisis financiero-bursátiles
y asegurar la Unidad Económica Monetaria sino también
para racionalizar mínimamente el peligroso desorden de
planificación interna al sustituir obsoletas ramas productivas
por otras más modernas, y a la vez, por la mundialización
económica, la integración ventajosa de esa planificación
en la división intercontinental del trabajo.
Al hablar de disciplina se trata de estructurar el tejido industrial
europeo en base a los intereses generales del capital y de los
particulares de sus fracciones dominantes y más importantes.
Dicha estructuración debe considerar el grado alcanzado
de cohesión intraeuropea que tiene ya cuatro niveles de
mayor a menor: uno, aeroespacial, banca, seguros, energías,
etc; dos, transportes y ferrocarril, etc; tres, automóvil
y cuatro, microelectrónica y nuevas tecnologías.
Los dos últimos exigen urgentemente medidas ante la superioridad
japonesa y yanki. Teniendo en cuenta su importancia presente y
futura, la disciplinarización en estas dos ramas es uno
de los retos fundamentales que tienen las burguesías europeas.
Llegamos así al núcleo de este segundo problema:
Alemania es a todas luces el Estado capaz de, con la ayuda del
francés y del Benelux, imponer los criterios centrales
llevándose la tajada mayor. Esto no lo cuestiona nadie.
Las peleas surgen a la hora de designar el orden posterior. De
hecho, hay que denunciar la otra mentira propagandística
consistente en afirmar que no se impondrá la "Europa
de las dos velocidades", es decir, uno bloque se homogeneizará
antes y mejor que otro. La misma tesis de las "dos velocidades",
si bien gráficamente vale algo, teórica y analíticamente
es una trampa.
El capitalismo siempre ha avanzado o retrocedido en base a la
doble dialéctica centro-semiperiferia-periferia y desarrollo
desigual y combinado. Si quisiéramos incluso podríamos
hablar de la Europa de las tres velocidades, pero es más
real y crudo hablar de la disciplina impuesta por el centro -eje
Berlín-París- a la semiperiferia -Inglaterra, Italia,
etc.- y a la periferia -sur de Europa-. Comparado el potencial
poblacional y socioeconómico del centro sobre el semiperiférico,
comprendemos las distancias. Distancias que se acrecientan sobremanera
comparando centro y periferia.
La imposición de un centro hegemónico viene dada
por la clara superioridad anterior incluso al proyecto-Maastricht.
Vamos a comparar rápidamente las capacidades de Alemania-Francia,
Italia-Inglaterra y Estado español-Portugal-Grecia como
Estados referenciales del centro, semiperiferia y periferia. Definimos
a Italia e Inglaterra como semiperiferia no sólo por el
retraso que ya tenían en 1988, fecha de las estadísticas
usadas, sino también porque esa distancia crece en favor
del centro. En 1988, Alemania (RFA+RDA)-Estado francés
-centro- tenía 133 millones de habitantes; Italia-Inglaterra
-semiperiferia- 114 millones, y Estado español-Portugal-Grecia
-periferia- 59 millones. En ese año el centro tenía
un PNB en mill.$ de 2.169.936; la semiperiferia, 1.495.318., la
periferia, 387.129. Por último, en 1988, el centro tenía
un PNB per capita de 21.5O5 $; la semiperiferia de 13.O6O y la
periferia de 5.4OO.
Como se aprecia las dificultades del centro para imponer su hegemonía
y disciplina no son excesivas. Partía ya en 1988 con ventaja
manifiesta que ha aumentado durante estos últimos cuatro
años pues Italia e Inglaterra no han podido seguir el ritmo
germano-francés y el sur europeo mucho menos.
Los dos problemas expresan en su evolución temporal un
relativo grado de unidad de decisión en cuestiones básicas.
También la aplicación simultánea en todos
los Estados burgueses de las soluciones a las cuatro crisis recurrentes
analizadas indican una coherencia de fondo. Ambas prácticas
sientan las bases para la lenta y problemática evolución
hacia un proto-Estado eurooccidental con mercado interno unificado,
tejido industrial relativamente a salvo de la voracidad exterior
mediante su adecuada integración en la división
continental del trabajo, moneda y sello postal únicos,
creciente centralidad jurídico-legal y fuerte unidad defensiva
interna y externa.
Pero todavía estamos a mucha distancia del grado suficiente
de centralización y homogeneización euroestatal
que requieren las contradicciones objetivas del capitalismo europeo,
en contra de esa afirmación propagandística según
la cual dicho Estado estaría a la vuelta de la esquina.
Para desgracia del capital y suerte para las/os oprimidas/os,
no es verdad.
Sin embargo no podemos menospreciar la tendencia inevitable inscrita
en la misma naturaleza de la ley del valor-trabajo y de la abstracción
intercambio que impulsa a la centralización estatal de
los espacios productivos y geopolíticos bajo su dictadura.
Es un impulso que nace de la necesidad material en sentido lato.
Lo que ocurre es que en su interior existe una vía doble
que expresa el antagonismo entre el Capital y Trabajo. Las clases
dominantes imponen su vía, modelo y proyecto cortando de
raíz y reprimiendo el de las clases, naciones y sexo-género
oprimidas. Aquí también interviene internamente
a la totalidad concreta la lucha política, la capacidad
subjetiva.
Por tanto, el desarrollo de un euroestado no se impone obligatoriamente
sino que es el resultado de la compleja interacción de
fuerzas enfrentadas. Hay que recordar que históricamente
la demarcación espacio-temporal del mercado ha ido unida
a la uniformización del dinero como equivalente universal
de intercambio y, desde un cierto nivel de integración
económica, a la centralización informativa y simbólica
mediante el sello de correo. La consolidación del Estado
ha sido simultánea a ese proceso que siempre ha creado
resistencias internas a la asimilación más o menos
fuertes.
El proyecto burgués de euroestado reactiva las viejas fobias
y límites categoriales de endo y exogrupalidad de la edad
media como el antieslavismo, antiislamismo y antisemitismo. Existen
pues ventajas dentro del imaginario colectivo europeo a favor
del capital. Las fronteras materiales de su proyecto de euroestado
-sin perfilar del todo- son las mismas que las fronteras simbólicas
endo y exeuropeas. Por el este, "hordas asiáticas",
"paganos eslavos" brutalmente cristianizados por la
Orden Teutónica y Bizancio, siempre vigilados por el pangermanismo.
Hoy son cientos de millones de "ex-rojos bolcheviques"
hambrientos e inquietos.
Por el sur, "el moro" que se infiltra siempre, no reniega de su fe islámica e identidad nacional, procrea más rápidamente que el europeo y también está muerto de hambre. Dentro, los millones de emigrantes "legales" e ilegales, sin derechos, que absorben sobre ellos la antigua función sublimadora del antisemitismo. Por último, el euroestado regenera la vieja clasificación medieval de "cristiano viejo" ahora con el apelativo de "ciudadano de origen", de primera, con derechos y privilegios sobre los excluidos.
Vemos pues que ese euroestado en lenta formación reacondiciona
a la vivencialidad capitalista los viejos tópicos. Pero
sobre todo permanentiza y relegitima las problemáticas
nacionales ya descritas. Entramos así en el cuarto problema.
El proto-Estado en formación se asentará en la regionalización
fuerte de los actuales sentimientos estato-nacionales dominantes,
pertenecientes a los grandes Estados al igual que los Estados
absolutistas tardofeudales y los Estados burgueses iniciales se
desarrollaron sobre la imposición de la identidad nacional
dominante sobre otras más débiles, alejadas del
centro estatal que se integraron forzosamente como regionalismos
decadentes.
El caso francés nos sirve como ejemplo: las pequeñas
naciones alejadas del centro parisino fueron sometidas a la dominación
estatal que se expresaba mediante la cultura franco-galorromana.
El caso español es idéntico, jugando la función
central Castilla. El caso inglés otro tanto con respecto
a Escocia y Gales y más claramente con respecto a Irlanda.
Los casos alemán e italiano varían por la pertenencia
a un mismo tronco nacional, pero la función de Prusia y
Piamonte es similar a la de los franco-galorromanos, castellanos
e ingleses.
A otra escala y en otro contexto, pero impulsado por la centralidad
de la ley del valor-trabajo y de la abstracción intercambio,
el euroestado en lenta constitución se asentará
-si no lo impedimos- muy probablemente en una progresiva mixtura
germano franco-anglosajona en la que cada una de las tres
identidades actuarán como regionalismos fuertes y dominantes,
al estilo de los anteriormente citados dentro de los Estado-nación
actuales que sin embargo, oficialmente, asumen también
otras presencias regionales. De este modo, en estrecha relación
con las diferencias socioeconómicas establecidas existirán
regionalismos de segunda y tercera que en realidad ocultarán
sentimientos más o menos nacionales según la fuerza
de su memoria histórica.
Podemos recurrir de nuevo a los ejemplos actuales: al igual que
el regionalismo gallego se expresa en crecientes sectores juveniles
como nacionalismo, también es muy probable que en el futuro
euroestado muchos sentimientos nacionales burgueses de hoy se
expresen como sentimientos regionales dentro de la identidad pannacional
europea. Pero tampoco podemos hacer una traslación mecánica
del actual encuadre y coordenadas espacio-temporales y simbólico-materiales
que delimitan los sentimientos regionalistas y nacionalistas,
a un futuro aún muy impreciso.
Esta probabilidad no anula ni remotamente otra probabilidad: la
persistencia de sentimientos nacionales de los pueblos que se
han negado a licuarse, a regionalizarse en el proyecto-Maastricht
y siguen reafirmándose nacionalmente. Tal probabilidad
es muy verosímil y factible por la complejidad de las problemáticas
nacionales hoy existentes. Sobre todo es factible porque la centralidad
de la ley del valor-trabajo reactiva las reafirmaciones de los
pueblos que ya han alcanzado un punto crítico de autoidentidad,
un punto de no retorno a partir de cual desnacionalizarse es muy
difícil, aunque sí se puede integrar ese nacionalismo
en un pannacionalismo superior dependiendo de la correlación
interna de fuerzas y de la hegemonía del bloque social
que lidere la nación.
Nos encontramos pues ante un dilema para el que el capital carece
de solución considerando que el aumento del poder del centro
sobre el resto agudizará reacciones nacionales defensivas
siempre en pugna interna más o menos fuerte con sus burguesías
respectivas que apuestan por la desnacionalización inherente
a Maastricht. Las fuerzas desnacionalizadoras pugnan con las renacionalizadoras
y las posibilidades de retroceso al pintoresquismo folklórico
y turístico, reales y tendenciales, son contrarrestadas
por los efectos reactivos de la sobreexplotación
Si hacemos un rápido repaso de los seis bloques de problemas
nacionales vemos que el primero y principal, el nacionalismo burgués
y expansionista de los grandes Estados, pervivirá pese
a los retoques que pueda tener en su integración lejana
dentro de un pannacionalismo europeo. Pervivirá porque
es un instrumento importante del capital en su expansión
y un medio legitimador del autoritarismo chauvinista y racista.
El segundo bloque por importancia poblacional, el de los pueblos
eslavos bálticos y rusos, junto al cuarto, el de los pueblos
eslavos balcánicos e islámicos de los Estados surorientales,
también pervivirá y se agudizará en gran
medida como respuesta a la sobreexplotación y/o abandono
por parte del capitalismo eurooccidental. El durísimo futuro
que les aguarda unido a la profundidad de sus sentimientos nacionales
no erradicados por más de medio siglo de stalinismo así
lo sugiere.
El sentimiento nacional de los pueblos oprimidos por los Estados
del centro y semiperiferia, como Irlanda, Escocia, Gales, Occitania,
Bretaña, Córsica etc, que forman en tercer bloque,
dependerá de las fuerzas en pugna, debiendo reorientar
su lucha hacia un mayor internacionalismo anti-Maastricht. El
quinto bloque formado por los pueblos oprimidos por Estados periféricos
del sur europeo, sobre todo el Estado español, tienen empero
mejores condiciones para su radicalización debido a las
peores condiciones de integración y a la expoliación
que ya están padeciendo.
Mientras que los pueblos bajo el centro y semiperiferia pueden
verse beneficiados parcialmente por las ganancias socioeconómicas,
aunque con diferencias notables como es el caso del sur italiano,
los pueblos de la periferia y muy especialmente los que ven su
tejido industrial clásico arrasado y desertizado como Euskal
Herria, las posibilidades de radicalización son mayores.
Claro que hablamos de posibilidades: hace falta la consiguiente
intervención de la subjetividad nacional autoorganizada
por y para una estrategia de construcción nacional. La
dialectización de lo objetivo y posible con lo subjetivo
y orientado es aquí tan imprescindible como en cualquier
otro conflicto humano. Precisamente el proyecto-Maastricht está
pensado para impedir o reducir grandemente dicha dialéctica.
En cuanto al sexto bloque formado por los trabajadores emigrantes
hay que distinguir a tres subloques internos: uno, los emigrantes
latinos de los '5O/'6O que o bien se afincaron ya en los Estados
o han vuelto con la edad y la crisis. Este grupo padece un racismo
y segregación activos pero algo menores que los del segundo
subloque, el formado por emigrantes islámicos de esas mismas
décadas cada vez más agredidos pese a la relativa
integración en ghettos y suburbios. El tercero está
formado por los emigrantes del "Sur" y euroorientales
de reciente llegada que padecen condiciones extremadamente duras
de racismo y sobreexplotación en todos los aspectos.
El futuro de los dos últimos es terrible. Puedan librarse
tal vez algo las generaciones nacidas en Europa del segundo grupo
y que tienen ya ciudadanía. Pero incluso estos sufren racismo
encubierto y latente que se torna muro segregador infranqueable
para acceder a puestos importantes y/o integrarse en las clases
dominantes. Del descontento e ira justas que nacen en su interior
pueden producirse nacionalismos radicales que activen respuestas
idénticas en sus países de origen y reivindicaciones
sociopolíticas y culturales democráticas en Europa
que, a su vez, serán respondidas con un mayor racismo mientras
no se desarrolle otra onda económica expansiva que posibilite
procesos integradores y democráticos, o mientras la izquierda
europea no asuma como propias esas reivindicaciones.
Vemos cómo el panorama internacional intraeuropeo es extremadamente
tenso y conflictivo. De ello son consciente los Estados que están
desarrollando un sistema represivo adecuado a cuatro objetivos:
controlar el orden clasista e internacional interno a la Comunidad
Europea; vigilar las fronteras este y sur; disponer de un euroejército
para intervenir en un futuro en zonas vitales para el capital
europeo y, mantener durante un tiempo las relaciones con la OTAN.
Naturalmente, este proceso ni está prefijado al detalle
ni está libre de los vaivenes sociopolíticos y económicos.
Una vez más, el pragmatismo y la intuición van unidos
a la consciencia de que hay que avanzar en ese sentido.
Pero los pasos dados son en cierta forma irreversibles y con efectos
estabilizadores. El Grupo de Trevi y los acuerdos de Schengen
sientan bases irreversibles por la importancia de los temas que
abordan y la interrelación ejecutiva y legislativa que
suponen, a las que seguirán las judiciales. El dotar a
la OTAN de capacidad para intervenir dentro de Europa para mantener
el orden establecido refuerza lo anterior e indica la preocupación
de EE.UU. ante la evidencia de que el euroejército es una
cosa ya imparable en sus grandes líneas pero sobre la que
se puede incidir para controlarlo en parte.
El avance concreto en el ejército europeo, capaz ya de
disponer operativamente de más de 1OO.OOO soldados que
pueden ser ampliados sin dificultades es un paso significativo.
Un ejército exige un mando unificado que a su vez exige
una estructura cohesionada y dotada de un fin preciso. Ese fin
debe tener una legitimidad material y moral que dote de sentido
profundo a la simbología interna, sin la cual la cadena
de mando se disolvería. Aparecen aquí todos los
problemas del pannacionalismo europeo, o lo que se ha llamado
la "europatria" y sus dificultades de desarrollo. Pero
las fuerzas que impulsan a la consolidación del ejército
no son tanto ideológicas sino socioeconómicas: los
intereses del complejo industrial-militar y de la incentivación
intraeuropea de las nuevas tecnologías, las necesidades
burguesas de represión y control interno y externo, la
racionalización y el ahorro mediante la unión de
los inmensos gastos defensivos, etc.
No tiene sentido divagar aquí sobre las formas que irá
tomando ese ejército. Sí parece claro que tendrá
una composición altamente profesional, selectiva y de intervención
rápida como corresponde en la evolución actual de
la estrategia militar. Hay que decir además, que dicho
ejército incrementará el dominio del centro y en
menor medida de la semiperiferia sobre el resto de Estados. Francia
usa su superioridad nuclear como contrapeso del poder alemán.
Inglaterra no puede hacer lo mismo con su ya débil escuadra.
El resto de Estados a obedecer.
Las indecisiones y falta de unidad durante la guerra contra Irak
sólo indicaban el nivel inicial del proceso complejísimo
de conjunción de un euroejército. La no intervención
en la guerra yugoslava sólo indica lo enrevesado de ese
conflicto y la escasa o nula ganancia que se extraería
de un intervención; incluso debemos preguntarnos sobre
si lo que realmente interesa al capital europeo es la desertización
industrial y económica de los pueblos balcánicos
al igual que están presionando directa y/o indirectamente
a lo mismo a todos los Estados ex-"comunistas".
Concluyendo, los problemas tratados reflejan cuestiones centrales del proyecto-Maastricht aunque, insistimos, los económicos no están analizados al detalle. Hay otros menores que no podemos tratar aquí. Por último resta el decisivo asunto de la resistencia, del proyecto alternativo presentar, o si es necesario hacerlo. Es un debate que por su urgencia e importancia debe hacerse con más calma.
Iñaki GIL DE SAN VICENTE
Euskal Herria Sur, 3-X-1992